A veces me dan ganas de despertarlo

El secreto de Mario (capítulo I)

Ring, ring, ring …

Suena el maldito despertador como cada mañana. Otro día más de insomnio. Me doy cuenta que estoy empapado en sudor, algo habitual en mí desde hace unos meses. “Lo odio”. Me revuelvo en la cama intentando buscar entre sus sábanas el consuelo que necesito para afrontar otra dura jornada laboral. Pero nada. ¡No quiero ir! Solo de pensarlo me tiemblan las piernas. Mientras tanto, Hugo duerme plácidamente a mi lado ajeno a la mierda de situación que me ha tocado vivir.

Sus ronquidos me retumban en la cabeza. No puedo soportarlos. A veces me dan ganas de despertarlo para que pare, pero opto por largarme de la habitación sigilosamente.

De todos modos, lo único que voy a conseguir es que me diga: “¿Qué pasa cari?” Y aún no estoy preparado para contarle el calvario que estoy sufriendo. Prefiero comerme el marrón yo solo.

Así que decido meterme en la ducha a toda prisa y con tan solo un café en el estómago inicio mi tortuoso recorrido hacia el cuartel de policía. Camino como un auténtico zombi. Y durante el trayecto soy objeto de burlas y risas por mi aspecto físico, pero me importante un comino.

Por fin llego. Se me empieza a nublar la vista y el corazón me palpita a mil por hora, tanto que creo que se me va a salir por la boca. Estoy cagado de miedo. Pero tengo que sacar fuerzas de donde no las tengo para enfrentarme a ellos. Me repito una y otra vez: “Mario, sí puedes”.

Nada más entrar por la puerta empieza la tortura. El policía que está en secretaría me recibe con cara de asco al tiempo que grita: “maricón de mierda ponte a trabajar”. El silencio se apodera de mí. No soy capaz de articular palabra. Así que prefiero pirarme sin entrar al trapo.

Agacho la cabeza y me dirijo a mi despacho. Esos cinco metros se me hacen eternos porque recibo todo tipo de improperios. “No aguanto más”. Es un linchamiento público ¿No hay nadie que se dé cuenta?

La mañana se me hace interminable. Los reproches por parte de mis compañeros son continuos. Y las mofas se acentúan conforme pasan las horas. Si voy al baño, me gano una reprimenda, si hablo por teléfono me amenazan con contárselo a mi superior… No se me permite ni respirar.

Por eso intento pasar el mayor tiempo posible encerrado en mi oficina y cuando no, soy el primero que acudo a la llamada de cualquier ciudadano que lo solicite. Con tal de perderlos de vista soy capaz de lo que sea.

De repente llaman a mi puerta. Pego un bote del asiento y me dirijo raudo y veloz a abrir, no vaya a ser que me gane otra bronca. Es el jefe de policía, Alberto, me entrega una carta. Cuando se va me da un cogotazo en la nuca. ¡Pedazo de idiota!

Estoy nervioso, no sé si abrirla. Es de la Dirección General de la Policía. ¿Qué hago? Tengo mis dudas. Este capullo es capaz de hacer lo que sea por jorobarme.

Tras diez minutos de reflexión me decido a ver lo que contiene. ¿Pero qué ven mis ojos? No doy crédito a lo que leo. Es una citación judicial en la que se me acusa de llegar drogado al trabajo y no responder a mis obligaciones. ¿Drogas yo? Si soy la persona más sana del mundo.

Está claro que me han preparado una encerrona. No soportan que un gay trabaje como policía y quieren echarme. Pues no lo van a conseguir, de eso me voy a encargar yo personalmente, aunque me cueste angustia y lágrimas.

Son las tres de la tarde. Acaba mi tortura por hoy. Marcho a casa a toda pastilla para ver a mi chico. Creo que hoy le contaré todo. No es bueno que me lo esté tragando solo.

Es una pena que en pleno siglo veintiuno aún pasen estas cosas. Pero yo desde luego voy a luchar hasta el final. Por mí y por todas esas personas que sufren en silencio esta discriminación laboral en el trabajo.

Mañana será otro día… si quieres te lo cuento.

Producción: Eugenio Zorrilla.

cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia

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