¿Hace bastante calor, ¿Eh?, dijo Antonio, sofocado.

La jugada maestra   

Por: Maria Ardila  

Bogota, Colombia                        

Antonio chequeó unas veinte veces si la conexión de wifi era buena. Y otras diez, si era rápida. Después de recibir respuestas afirmativas, por parte de una muy paciente agente de servicio al cliente, reservó cuatro noches en un hostal, de una zona rural, en algún lugar de Suramérica, que estaba catalogado como el mejor de la zona.

Era un trabajador independiente y un jugador empedernido, de póker en línea. Sus últimas parejas, exasperadas, decidieron, inteligentemente, dejar de competir con su computador.

Una van del hostal, lo había ido a buscar de madrugada al hotel, y aproximándose a su destino, podía sentir, una agradable temperatura que le recordaba sus últimas vacaciones en Tanzania. La vegetación era algo parecida, sólo que en ese lugar había más montañas.

Pasaron unas tres horas, cuando el conductor se desvió de la carretera principal hacia una destapada y, unos diez minutos después, se detuvo, indicándole que habían llegado. Antonio, algo impaciente, y concentrado en sus audífonos, conectados a su Smartphone, tomó su morral, lo suficientemente grande para su correría, de cinco meses, por el Cono Sur.

-Gracias. ¿Hace bastante calor, ¿Eh?, dijo Antonio, sofocado.

-La semana pasada estuvo peor y hace como un mes que no llueve.

– ¡Ufff! No me diga más.

El conductor, atisbó una sonrisa.

Mari, bordeó la piscina y salió a recibir al nuevo huésped, se presentó y le ofreció ayuda con su morral.

-No se preocupe, gracias, pesa bastante.  ¿Cuál es la clave del wifi?

Antonio entró a su habitación, se puso cómodo y prendió su computador. Nueve horas después, se dio cuenta que estaba partido del hambre y que había oscurecido.

Bajó las escaleras hacia la primera planta y se encontró con Mari. -Disculpe tiene un menú?

-Acá manejamos tres opciones de platos, y uno vegetariano.

-No, No, no, nada de eso, ¡estoy que me como un caballo!

– Se le ofrece una hamburguesa?

– ¡Si, eso! Está perfecto, hágame dos por favor. ¿Tiene servicio a la habitación?

– No, lo siento, todos comen acá.

Antonio miró en dirección a la mesa que señalaba Mari, y vio a una sonriente pareja de, ¿tal vez, alemanes? Pensó que podía ser alemán, lo que hablaban.  Se sintió intimidado, devolvió rápidamente un intento de sonrisa y subió a su habitación.

Mari tocó a su puerta y le avisó que la comida ya estaba lista. Antonio no tenía tiempo que perder, bajó en un soplido, volvió corriendo y se engulló sus dos hamburguesas, con cuidado, para no ensuciar el teclado.

Eran alrededor de las cuatro de la madrugada cuando apagó la pantalla y se acostó a dormir.

______________________________________

  • ¡Es hermoso! ¿¿¿Cuál es el nombre???
  • ¡No lo veo!  ¡Ay sí! ¡Ahí está!
  • ¡A ver!! ¡Pásamelos!! ¡Quiero ver!!

 Antonio, aturdido, abrió un ojo, y pensó: “No puede ser, ¿qué es esta gritería?”

Vio su reloj y eran las 11:43 de la mañana. Se levantó con pereza y salió al balcón.

  • ¡Lo único que me faltaba! ¡Entusiastas de pájaros! ¿Agghh, qué hago acá?, dijo con desesperación.

Aprovechó la entretención de la gente de los binóculos y bajó a desayunar. Hizo un acuerdo con Mari y arregló, para subirse a su habitación, la comida de los próximos cuatro días. Encerrándose de nuevo, navegó placenteramente en el mar de los ases y las escaleras abiertas.  Pasaron dos días y Antonio se negaba a colgar el letrero de “Por favor, arreglar la habitación” en su puerta.

El tercer día, después del mediodía, un ruido ensordecedor, que retumbó en toda la casa, hizo saltar a Antonio de su silla. Sacó a volar los audífonos y salió al balcón. No veía una tormenta de calibre semejante, desde que era un niño.  Cuando entró, para apagar su computador, se percató que la luz ya se había ido. Respirando agitadamente, bajó en un suspiro las escaleras y, como un niño asustado, llegó a donde estaba Mari.

 – ¡Dígame que tienen planta eléctrica, por favor!

– Si tenemos, pero…

– ¿¿¿Pero, ¿qué??? Antonio empezaba a sentir pánico.

– El rayo tumbó un árbol, le cayó encima y la partió.

Un escalofrío recorrió su espina dorsal y empezó a sudar frio.

– No puede ser!! ¿Y ahora qué voy a hacer?

– Ya lo estamos resolviendo, discúlpenos. Traen una nueva, mañana por la tarde. No nos esperábamos esto.

– ¿¿Mañana por la tarde?? NOOOOOOOOOOOO, gritó Antonio, casi en shock, agarrándose la cabeza. Se sentó en la primera silla que encontró y enmudeció, como por una hora.

Por supuesto, no se dio cuenta que el sol había salido y que los amigables alemanes, agitaban animadamente sus manos para despedirse. Esa tarde, salían cinco personas del hostal y Antonio quedaba sólo.

Embebido en su propia tragedia, un llanto infantil lo sacó de su letargo.

– ¡Que alguien calle a este niño!

– Es una niña, se llama Carmen. Disculpe la molestia, dijo avergonzada, Mari. Ya le dije que no puede subir a la barca sola, y yo no la puedo acompañar.

Antonio le lanzó una mirada fulminante a la pequeña, ésta, se escondió detrás de su madre, y continuó llorando.

El hombre, resoplando, subió a su habitación y dándose cuenta que la luz, de verdad, verdad, no iba a volver, se tumbó con desaliento en su cama. Pero el llanto de Carmen, se filtraba, incluso, por sus tapones. Un agudo chillido infantil era el único sonido capaz de perforar sin piedad, esas gruesas gomas que sellaban su propio universo.  Iracundo, se sacó los tapones, lanzó varios improperios y bajó las escaleras refunfuñando.

  • ¡A VERRRR! ¡YO TE LLEVO!
  • Whaaaa, Carmen, asustada, lloró más fuerte.

Antonio, se dio cuenta que tenía que suavizar su voz como tres tonos más. Habló nuevamente, y casi no reconoce su propio sonido.

  • Yo te llevo a la barca, dijo con suavidad.


Mari y Carmen abrieron sus negros ojos, y la pequeña se soltó de la mano de su madre y dijo: -Vamos

– ¿Está usted seguro, joven? Preguntó Mari, algo incrédula.

-Completamente, igual, no hay mucho más que hacer aquí, ¿o sí?

Mari encogió los hombros y le agradeció.

Antonio tomó de la mano a la pequeña de cinco años, y fue por un par de remos. La madre los acompaño hasta el lago.

  • Wow! ¿Acá hay lago? 

Mari, sonrió disimuladamente. Los ayudó a subirse a la barca y Antonio empezó a remar, hábilmente. El paisaje era fascinante. Docenas de centenarios árboles nativos, rodeaban el cuerpo de agua y algunas de sus ramas lo rozaban. Antonio nunca había visto algo así.  De pronto, dejó de remar y se quedó mirando fijamente, el inmenso punto de azul turquesa intenso, que flotaba en el aire.  Después de varios segundos logró preguntar, sin apartar su mirada. – Carmen, qué clase de ave es esa? 

  • Esa ave, es una mariposa.

Por: Maria Ardila  

Bogota, Colombia                        

Journalist , Eng-Spanish, Spanish- Eng, Translator

Graduated in Social Communication and Journalism with over 10 years of experience in leading groups of people. Expert in customer service, teaching, sales and marketing. Im very good with languages, (Native spanish) Professional English and Intermediate brazilian portuguese.

Produced by: Eugenio Zorrilla.

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