No es que sea adivino, a los hechos me remito.

Una amistad inesperada (Capítulo 3)

Las sirenas de los coches de policía suenan sin parar. Presiento que hoy tendremos un día movidito en el cuartel. No es que sea adivino, a los hechos me remito. Siempre que salen varios coches a la vez me sucede algo. Unas veces son cosas buenas, pero otras son horribles.

Hoy entro por la puerta y no está Carlos, el secretario. Me parece bastante extraño, aunque debo reconocer que lo agradezco porque significa que escucharé un insulto menos. Pero sin embargo no me libro del resto. ¡Es horroroso!

Accedo a mi despacho esquivando los gritos de mis compis un día más: “marica” “vete del cuartel” “eres una deshonra para el cuerpo de policía”. Pero prefiero no dar carnaza a las fieras y adopto la callada por respuesta. Eso les revienta.

Por fin encuentro la tranquilidad que necesitaba. Este cubículo roñoso es mi refugio.  Aquí estoy a salvo de todas estas alimañas. Mientras estoy colocando el abrigo recibo un mensaje en el móvil. Es de mi compañero Kiko. “¿Qué narices querrá ahora este?”.

Con más miedo que vergüenza me dispongo a abrirlo. Cuál es mi sorpresa que así, sin anestesia, me suelta una parrafada en la que se baja los pantalones. Me dice que se arrepiente enormemente de todo el daño que me ha causado y que por favor le escuche, porque tiene algo importante que contarme.

Alucino por instantes… no puedo creer lo que estoy leyendo. Conforme avanzo, más petrificado me quedo. Resulta que el cabecilla del grupo que me pone verde desde hace ocho meses también es gay.

Cuenta que tiene miedo a salir del armario. Lleva desde hace tiempo queriendo contarlo, pero le aterra que le ocurra como a mí. “Será cobarde” y me pide que por favor le ayude.

Si yo actuara como se merece lo justo sería que lo mandara a la mierda. Pero como no soy de este tipo de personas, le echo una mano. Le aconsejo que de momento tenga la boca cerrada. Y quedamos en tomar una cerveza a la salida para charlar del tema.

Las horas pasan con bastante lentitud en el cuartel. Ha sido una mañana rara. Sin embargo, yo sigo flipando con lo de Kiko. Qué razón tenía cuando dije que algo sucedería…

Aviso a Hugo de que hoy no voy a comer a casa. Le explico que tengo algo importante que hacer pero que luego le informaré de todo. Aunque no le hace mucha gracia, se conforma.

Nos dirigimos al bar cada uno por su lado para evitar sospechas. Una vez allí Kiko no sabe qué decir, cómo disculparse. Yo se lo pongo fácil. No es que sea un pagafantas. Soy de los que piensan que todo el mundo tiene derecho a una segunda oportunidad.

La tarde transcurre entre consejos, anécdotas, risas y alguna que otra lágrima. Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien. Sin comerlo ni beberlo mi enemigo número uno había pasado de humillarme públicamente a rendirse a mis pies. Y esto no sucede todos los días.

La vida da muchas vueltas y te sorprende cuando menos te lo esperas. Solo tienes que estar receptivo para abrir los brazos a lo que te llega.

El tiempo dirá cómo evoluciona esta amistad.

Producción: Eugenio Zorrilla.

cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia

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