a velocidad de peatón, se deleitó con aves de corral corriendo por las calles

Marejada en el archipiélago

El aeropuerto de Ciudad del Cántaro, no le había parecido tan malo, la verdad es que había visto peores. Incluso los cincuenta minutos esperando a que la banda de equipaje echara a andar, a la mujer le parecieron una galantería. Cuando llegó a la salida, un encargado de una empresa de taxis le pidió a uno de los conductores llevarla al muelle turístico.

Aunque era de madrugada, el tráfico estaba muy pesado y andando a velocidad de peatón, se deleitó con aves de corral corriendo por las calles, coloridos mercados y hombres y mujeres atendiendo sus chiringuitos de fruta fresca. Era la primera vez que visitaba el Pacífico, y aquel lugar y su carácter la hipnotizaron. Tres cuartos de hora después, el conductor se detuvo en una de las entradas vehiculares del embarcadero. Al bajarse, le dejó algo de propina, se acomodó en los hombros su morral y mientras caminaba, vio un par de gallinas revoloteando, al tiempo que percibía sonoras carcajadas tintineando en cada esquina. << ¿Qué comen para estar todos tan alegres? >>, pensó.

Se dirigió a la caseta <<No.27>> y, unos metros antes de llegar, se detuvo a comprar una cerveza helada y una funda impermeable para su móvil. Un perro correteando a una plumífera que cacareaba espantada, pasó como un bólido golpeando su pierna y no pudo evitar reírse. Se quedó viéndolos, divertida, escabullirse entre decenas de piernas.

 << Joven, ¿es usted Paloma? >>, alcanzó a escuchar una voz, sacándola de su fascinación por el espectáculo callejero. Giró su cabeza y vio una boca con grandes y blancos dientes, pertenecientes a otro animado local. 

<< Hola. Sí, ¡soy yo!, usted es ¿Daniel? >>, preguntó.

<< ¡Si!, ¡Bienvenida!>>, dijo, un espigado moreno, ofreciéndole su mano a modo de saludo. <<En veinticinco minutos sale la embarcación, permítame ayudarle con su mochila para atarla en el techo>> La mujer le entregó el pesado equipaje y se fue a explorar un poco.

Pasó por el quiosco de un hombre que vendía piñas, se detuvo a saborear una y no tuvo duda alguna de que era la más sabrosa y dulce que había probado en su vida. Caminó un poco más y pagó la entrada, con unas monedas, a una mujer que ofrecía un baño limpio. <<Si hubiera podido, le hubiera dejado en TripAdvisor un <<review>>, la verdad es que el dichoso baño valió cada peso porque estaba resplandeciente>>, pensó, la joven turista. Se lo hizo saber a la orgullosa administradora sanitaria y le dio un par de monedas más a falta de poder darle un clic a la calificación de <<5 estrellas>>. La mujer, contentísima, le agradeció.

Se dirigió al lugar de embarque faltando doce minutos para salir y se acomodó en uno de los asientos delanteros. La lancha se fue llenando, poco a poco, hasta completar el cupo de diez pasajeros. A su lado se sentó un joven alto de melena dorada, que le sonrió apenas la vio. La joven le devolvió el gesto, dándose cuenta de que le había atraído.

Minutos después de zarpar, Daniel, el encargado del eco-hospedaje, les avisó que navegarían por veinte minutos y se detendrían para hacer el primer avistamiento.

La joven se estaba terminando la segunda cerveza que había comprado en el muelle, cuando Daniel gritó: <<Todos! Miren en dirección al motor, a unos veinte metros, acaba de salir una! ¡Está grande!>> Ninguno la vio.

Sintió su corazón golpear muy fuerte, aunque era una viajera consumada, ver ballenas jorobadas era una de las cosas que les faltaba a sus periplos. De pronto, vio como emergió un lomo gris oscuro de la superficie. << ¡Ahí está! >>, gritó, señalando hacia un costado y muy cerca del bote. Cuando todos voltearon a ver, el cetáceo ya se había sumergido, pero alcanzaron a escuchar el resoplido.

Pasajeros y tripulación, estaban mirando hacia el mismo lado cuando, a menos de un metro, salió otra vez, la gigantesca criatura, para nada intimidada con su presencia. Quedaron sin habla.

<<Cómo les pareció la bienvenida?, llevamos varios días ensayando>>, dijo Daniel, en forma divertida, rompiendo el silencio. Todos, por supuesto, rieron encantados.

<< ¿Lograste sacar un video? >> le preguntó el magnífico espécimen sentado a su lado.  << Noo, no tengo batería >>, dijo, haciendo los pucheros que hubiera hecho una niñita de cinco.  El guapote se rio y le dijo, <<no te preocupes, en un rato te los paso por mensaje>> Agradeció, y, mentalmente, bendiciendo el instante en que quedó sin cámara fotográfica le dijo: <<Mucho gusto, ¿soy Paloma y tú?>>, <<Encantado, soy Claudio>>, respondió.

Duraron unos minutos más, navegando con cautela y lograron ver a una madre y a su ballenato, otra vez, muy cerca de donde estaban. Esperaron un poco, pero no los vieron más. Ese cuadro, lo había pagado todo, había sido apoteósico.  

Daniel le hizo una seña al botero para que arrancara y se dirigió a todos, <<mañana saldremos otra vez>>.

El motor aceleró y la proa se alcanzó a levantar un poco. Paloma iba dichosa y aunque hubiera querido iniciar una conversación con Claudio, el ruido del motor no le hubiera permitido.

No habían pasado dos minutos desde que vieron las últimas jorobadas, cuando Daniel, alarmado gritó << ¡CUIDADO!!!>> al tiempo que el capitán tuvo que realizar un brusco movimiento para esquivar una ballena que salió justo enfrente de la embarcación, misma que golpeó la nave en uno de sus costados.

La colisión lanzó al agua a una de las mujeres que iban atrás y Daniel se metió inmediatamente al mar. El capitán y otro de los pasajeros, un hombre fornido que tenía pinta de vikingo, se ofreció a ayudar y la sacaron jalándola del chaleco salvavidas. La mujer había quedado inconsciente. Con el impacto, se había golpeado con una de las varillas que sostenían el techo.  Mientras el hombre del motor llamaba al bote ambulancia, Daniel empezó las compresiones en el pecho de la mujer y, con una mascarilla, le daba respiración boca a boca. Todos quedaron mudos y desencajados, pero nadie más había resultado herido.

El servicio de emergencias tardó menos de diez minutos en llegar y trasladaron a la afectada, aun sin conocimiento, al centro de salud de la ciudad. El guía se fue con ella y le pidió a José, el capitán, llevarlos hasta el eco-hostal.

<<Sigo en shock, hace nada todo era perfecto. Espero que ella se recupere pronto>>, sollozó Paloma, todavía con el corazón a mil.

<<Lo sé, pobre mujer>>, replicó Claudio.

Navegaron durante algo más de una hora y pasadas las diez, llegaron al Archipiélago de la Palma, un conjunto de más de cien islotes desperdigados en la inmensidad del océano. Era un lugar realmente sorprendente, donde el color del mar era de un verde cristalino fastuoso. A lo lejos, Paloma alcanzó a ver cómo se perfilaban las primeras casas y el embarcadero.

Produced by: Eugenio Zorrilla.

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