T R E S C I E N T O S S E S E N T A

(los matices de la coyuntura)

Por: Maria Ardila

Bogota, Colombia

Hace unos días, leí que todos estamos en la misma tempestad, pero no en el mismo barco. Sin duda.

Unos, están en las cárceles; amotinándose, escapándose, superados por el miedo, la angustia y la ira.

Otros, están haciéndose oír con lo que pueden, dándole duro a algún metal, con desgarradores gritos, impulsados por la hambruna. Qué paradójico resulta, cuando minutos antes de comer, muchos hemos dicho, “estoy que me parto del hambre”.

Uno, en un barrio lejano, tiene varias multas, impuestas por la policía de tránsito, por violar el decreto de la cuarentena, para ir al rescate de perros que atropellan, maltratan en el encierro, o que no encuentran nada que hurgar en la basura.

Otros, se aprovechan del aislamiento, para perpetrar violentas golpizas contra sus víctimas. Casi siempre, una mujer o algún niño.

Unos están solos y se echan a la pena, otros, crean y se reinventan. ¿Alguien dijo que sin dolor? No.  Sin embargo, lo hacen.

Un hombre, agradece todas las noches por la abundancia que lo rodea. Porque tiene salud, porque puede escuchar música, porque tiene alimento y una cobija que lo arropa.

En algún paradero, una mujer es ignorada por varios choferes de bus, al ver su uniforme, y llega tarde a su oficio, el cual es salvar vidas. En cambio, a un colega, los vecinos le escriben cartas de gratitud y apoyo y le ofrecen hacer las compras por él.

En un parque de la ciudad, más de cien familias indígenas, desplazadas por la violencia en zonas rurales y desalojadas de sus viviendas en la ciudad (por no poder pagar el arriendo) pasan los días angustiados y desprotegidos.

En medio de la selva, donde no hay presencia del Estado, otros cientos de aborígenes, aislados, piden por su suerte, pero nadie podrá salvarlos.

Esa misma selva, en algunos lados sigue siendo deforestada, pues nadie lo va a impedir. En otros, los árboles están más verdes y más frescos.

En todas partes, el aire está más puro, las montañas se ven más claras, y en medio del silencio, las aves se escuchan más.

En zonas costeras, las bahías, antes ennegrecidas por la contaminación de los botes, se aclaran, y, sus aguas retoman su color azulado que invita a delfines a hacer piruetas para espectadores confinados.

En una habitación, un joven, se dedica al ocio y cultiva el ostracismo de su espíritu, en otra; un adulto no para de lamentarse y se consagra a engordar y, en algún escritorio, alguien no para de trabajar, excediéndose en horas laborales e ignorando por completo a su familia.

Otros, solo ven oportunidades, y se deleitan con pavos reales, zorros o venados, desfilando, con confianza, por calles desiertas. Los que tienen más suerte, comienzan a ver (en zonas rurales) cada vez con más frecuencia, osos de anteojos, a veces con sus crías, que también pierden el miedo de ser libres.

Miles de individuos, están dedicados a pensar en el otro; se cuidan, empatizan, se conmueven y actúan. Porque la muerte, las lágrimas y el sufrimiento, no son tan conmovedores como, la consciencia, el despertar y la solidaridad de las personas. Los seres humanos podemos ser maravillosos.

Por: Maria Ardila

Bogota, Colombia                        

Journalist , Eng-Spanish, Spanish- Eng, Translator

Graduated in Social Communication and Journalism with over 10 years of experience in leading groups of people. Expert in customer service, teaching, sales and marketing. Im very good with languages, (Native spanish) Professional English and Intermediate brazilian portuguese.

Produced by: Eugenio Zorrilla.

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