¿Qué le pasa a esta mujer?, me pregunté. ¿Se le zafó un tornillo?

El perdón no siempre tiene cara de perro

Por: Maria Ardila

Bogota, Colombia

La palabra Perdón; A. ¿Es un mero vocablo? B. ¿Un concepto? C. ¿Un cupón ganador, que nos indulta como a un toro? En mi opinión, sufre varios estados y se le puede ver desde varios ángulos, y, agregaría una “D”, para, Todas las anteriores.

A veces el perdón es tramposo: “¿Tía, me peldonas, pol la pataleta?”. ¿Cuántas veces se disfraza de sobrina de tres años, para, hábilmente ganarse un helado o un capítulo adicional de una serie de dragones? Esa es su fase más desfachatada, porque sabe que va a incurrir cientos de veces, en lo mismo, culminando siempre con orgullo su faena.

A la palabra también le encanta entrar en la boca de algún adulto, pero antes, se arregla, se peina de “medio pelo” y sale con un: “Perdón, me tardé porque había mucho tráfico” o, con esta perla de un niño de primaria: “¡Perdón, pero el perro me ensució la tarea!” ¡Ja! Trilladas excusas. Sobre todo la del tráfico, que hoy ya no vale.

En su faceta más triste, pierde por completo la dignidad y, lleno de miedo y asumiendo la culpa empodera a su victimario: “Perdón por hacerte enojar”; y la mujer, el niño y en muchos casos el hombre, son incapacitados en la escuela o el trabajo, por la golpiza que les propinaron.

Cuando la palabra la oímos sin haber sido contaminada, muestra su cara del perdón genuino, ese que viene del alma, bien puro, el original. Ese que si no invitas a entrar a tu casa a acomodarse, con cobija y “palomitas”, a ver el último hit de Netflix, se transforma; y ya no te acaricia, sino que te esculca, te aruña, te desgarra, y se va poniendo, poco a poco color rencor. Pero, si de verdad lo mimas, se disfraza de la más cómoda almohada; de esas que desaparecen el insomnio; ¡El que perdona, alcanza la gloria y duerme como un bebé!, dicen por ahí, y, el que es perdonado, también.

Una vez, tuve la fortuna y, el placer, de presenciarlo en su forma más disparatada. Sentada yo en un parque, vi caminando a una mujer sola, y empecé a escucharla gritar: “¡Perdón!, ¡PERDÓN! ¡PERDÓOOON!

¿Qué le pasa a esta mujer?, me pregunté. ¿Se le zafó un tornillo? No sabía si reírme o ayudarla.

Y de pronto pasó “Perdón” como un bólido enfrente de mí, con la lengua afuera, después de haber correteado a un pincher por todo el parque.  – ¡BASTA!, PERDÓN! ¡TE DIJE QUE A MI LADO!, ¡QUIETO!, vociferó la dueña, iracunda, y como era de esperarse, el vocablo esta vez, se incrustó en un par de ojos adormilados y penitentes.

Pero ¿de dónde salió la palabra? Una forma de ver su etimología es separando el prefijo ‘per’ (indica acción completa y total) y donare (dar, regalar), algo así como una acción dadivosa por parte de quien pide perdón o perdona. O, entendiendo, ‘per’, como expresión de intensidad o duración, “seguir dando”.

En mi opinión, se remonta a varios lustros, cuando a alguien se le ocurrió escribir el siguiente libreto: “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”. Y, ¿qué tiene que ver la culpa? Gracias a ella nos regimos de monumentales estándares, que, en caso de no poder cumplir, y no generar beneplácito en el otro, nos vemos obligados a volvernos una fotocopiadora de la palabra del arrepentimiento, perdón por tal cosa, perdón por tal otra. ¿Cómo así? Si, si no tuviéramos grandes expectativas de nosotros mismos y de los demás, tal vez, la palabra no existiría, y a nadie se le habría ocurrido nombrar así al canino del parque. Ojalá todos entendiéramos que es parte de nuestra experiencia humana la imperfección, que “errar es humano”, y que los yunques que a veces cargamos, nos los auto imponemos.

Por: Maria Ardila

Bogota, Colombia                        

Journalist , Eng-Spanish, Spanish- Eng, Translator

Graduated in Social Communication and Journalism with over 10 years of experience in leading groups of people. Expert in customer service, teaching, sales and marketing. Im very good with languages, (Native spanish) Professional English and Intermediate brazilian portuguese.

Produced by: Eugenio Zorrilla.

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