Fue una auténtica pesadilla. El tratamiento me provocaba nauseas, mala leche y mi sensibilidad estaba a flor de piel

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ESTE CUERPO NO ES EL MÍO

Desde que tuve razón de ser me di cuenta que estaba encerrado en un cuerpo que no me correspondía. Jugaba con muñecas, me ponía los tacones de mis hermanas e incluso me maquillaba a escondidas. Mi mejor momento del día era cuando mi madre se marchaba a trabajar y me probaba sus vestidos. Me sentía una auténtica diva.

Pero todo se esfumaba en cuestión de minutos. Y volvía a ser Marcos. Un muchacho triste, cabizbajo, con mirada perdida. Entonces rompía a llorar y por más que intentaba parar, no hallaba consuelo por ningún lado.

Cuando tuve quince años comencé a dejarme el pelo largo y me puse pendientes. En el instituto sufrí bullying por parte de compañeros de clase. Me pegaban a la salida, me llamaban de todo y me robaban el poco dinero que llevaba para el bocadillo. Para mí fue una auténtica pesadilla…

Al llegar a casa, me refugiaba en mi habitación e intentaba disimular los golpes con pinturas faciales. Mi objetivo era conseguir que mis padres no se dieran cuenta. Lo que ni se me podía pasar por la cabeza era que ellos me recibirían entre insultos: “maricón de mierda”, “vas hecho un mamarracho”, “eres una deshonra para la familia…” Frases verdaderamente hirientes. Todo ello, ante la atenta mirada de mis hermanas, que no daban crédito a lo que sucedía.

Yo prefería adoptar la callada por respuesta. Y esquivaba las puñaladas según llegaban. María y Carla, lloraban asustadas. La situación era insostenible. Y según pasaban los días, iba de mal en peor.

Más de una vez pensé en quitarme la vida, pero me mantenía con fuerzas porque el hecho de cumplir mi sueño era más fuerte que el dolor. Cada vez visualizaba más cerca mi objetivo. Convertirme en lo que siempre había querido ser: una mujer.

Esos tres años no fueron nada fáciles. Combinaba mis estudios con jornadas maratonianas en internet. Me informé de cómo era el proceso que tenía que seguir: hormonas, cambio de género, asesoramiento psicológico, papeleo…

Por suerte tuve mucha ayuda del colectivo LGTBI y de varias asociaciones de cambio de género. Y cuando cumplí 18 años por fin di el paso.

Me largué de casa con una mochila y el dinero que tenía ahorrado. Y puse rumbo a Madrid. Allí me alojé en casa de una amiga que pertenecía a la asociación española de transexuales, Transexualia. Y estuve con ella hasta que encontré trabajo y pude alquilar mi propio piso.

Lo primero que hice en la capital fue hormonarme con estrógenos. “¡Qué horror!” Fue una auténtica pesadilla. El tratamiento me provocaba nauseas, mala leche y mi sensibilidad estaba a flor de piel. Mis ojos se aguaban por cualquier chorrada. Además, los pechos comenzaron a desarrollarse a lo bestia, el cuerpo iba transformándose poco a poco. Veía cómo la fémina a la que aspiraba llegar a ser, iba cobrando vida.

La transición es complicada. Tienes que estar muy mentalizado de que quieres hacerlo porque de lo contrario te puede afectar bastante al coco.

El momento más feliz de mi vida fue cuando me sometí al cambio de género. Aún se me eriza la piel cuando lo recuerdo.

Reconozco que fue duro. Tuve que enfrentarme a una sociedad llena de tabús y prejuicios, pero lo peor de todo fue plantarle cara a mi familia. Lo único que obtuve de ellos fueron reproches, discusiones, lagrimas y algún que otro golpe. Pero nunca tiré la toalla.

Comencé a vestirme con ropa de chica, a llevar tacones, a comprarme maquillaje. Me desprendí de aquel pesado caparazón con el que había cargado durante tantos años. Y por fin me sentí libre.

Al poco tiempo me enamoré de Carlos. Un azafato de vuelo quince años mayor que yo. Él fue mi fiel consejero, me apoyó en todo. Y lo más importante me aceptó tal y como soy.

La relación se terminó, pero nos quisimos con locura. Él fue el que me desvirgó. El amor de mi vida.

Después de toda la tormenta, vino la calma. Retomé mis estudios de interpretación y empecé a hacer mis pinitos en el cine.

Hoy en día me siento realizada como mujer 100%. Colaboro en varias Asociaciones transexuales, ayudando a mujeres que se encuentran en una situación parecida a la que sufrí yo. Y estoy felizmente casada con un hombre maravilloso.

Despedirme de aquel joven que vivió en mi cuerpo durante un tiempo fue como decir adiós a un fallecido. Pero recibir a Valeria, fue el mayor regalo del mundo.

Autor: Patricia Bermejo.

Un relato inspirado en la vida real.

WE&P by: EZorrilla.

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