Patricia Bermejo

  • Lo mejor de todo es que nadie notó que me estuviera pasando algo.

    Viviendo con mi enemigo (Capítulo 2)

    Por: Patricia Bermejo

    Cáceres, España

    Los golpes, los insultos y las vejaciones se convirtieron en algo habitual. Los moratones que tenía en el cuerpo me dolían, pero más aún las humillaciones a las que estaba sometida.

    Además, Carlos me aisló de mis amistades y mi familia. Tenía totalmente prohibido contactar con ellos, porque si lo hacía, ya sabía lo que me esperaba.

    Para mí marcharme a trabajar era una vía de escape. De puertas para fuera aparentaba que no sucedía nada. Y mi relación con mis compañeros de curro era buena. Lo mejor de todo es que nadie notó que me estuviera pasando algo.

    Yo sin embargo pensaba que la gente me miraba, que se habían dado cuenta de lo que me ocurría. Llegué incluso a tatuarme corazones encima de las heridas para ocultar las cicatrices. Todo por evitar males mayores.

    El trayecto del trabajo a casa era un auténtico calvario. Por el camino iba pensando “¿Qué me espera hoy?”. Es más, cuando metía la llave en la cerradura me temblaba todo el cuerpo. “¡Estaba aterrorizada!”.

    Era entrar por la puerta y ya empezaban los gritos: “Guarra, llevas pinta de puta”. “Estas fea y gorda”. “Seguro que te ha metido mano tu jefe, golfa”.

    Yo aguantaba el tipo como podía y agachaba la cabeza en señal de sumisión. Pero por dentro era como si me clavara un cuchillo. A continuación, me pegaba con lo primero que pillaba. Hasta que no veía sangre no paraba.

    Más de una vez tuve que acudir al hospital por amenaza de aborto. Los médicos me preguntaban por los pocos moratones que me quedaban sin tapar. Yo les decía que me había caído o me había dado un golpe.

    No les convencía del todo, pero no podía revelarles la verdad porque corría el riesgo de que Carlos cumpliera su promesa y me matara.

    Una mañana de mayo nació mi hija Lucía. Ese día, aunque parezca mentira, me sentí feliz. Pensé que igual el nacimiento de nuestra pequeña le ablandaría el corazón, pero estaba muy equivocada.

    Mi marido no se dignó ni en acompañarme en el parto. Aunque si soy sincera, hasta lo preferí.

    Al tiempo, me enteré que tenía una amante. Llegaba a casa con las camisas arrugadas y llenas de carmín. Y si se me pasaba por la cabeza decirle algo me espetaba: “Todo esto pasa por tu culpa, por no cuidarme.” “Te lo tienes merecido”.

    En el fondo hasta me parecía bien porque mientras estuviera fuera de casa estaba a salvo. Así que aprovechaba para dar un paseo con mi hija por el parque o tomarme un café en el bar de al lado. Por supuesto sola, porque si me veía con alguien me apaleaba.

    Cuando lo sentía abrir la puerta, me acojonaba. Pero no podía aparentar que tenía miedo y actuaba como si nada.

    El nacimiento de nuestra hija no había hecho más que empeorar la relación. Yo dedicaba mi vida a ella y el no lo soportaba. Llegó hasta a tener pelusa de su propia hija. “Increíble pero cierto”.

    Discutíamos día sí y día no. Todo lo que hacía le parecía mal. Pero el momento en que le puso una mano encima a Lucía sentí verdadero terror y me enfrenté a él. Y ahí firmé mi sentencia.

    Lo que ocurrió después te lo puedes imaginar.

    Por: Patricia Bermejo

    Cáceres, España

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  • Cuando nos vimos nos fundimos en un beso de película

    Las apariencias engañan (Capítulo 1)

    Por: Patricia Bermejo

    Cáceres, España

    Mi relación con Carlos comenzó aquel fatídico día en el que respondí a su mensaje en un portal de citas. Yo tenía 20 años recién cumplidos. Por aquel entonces soñaba con encontrar un príncipe azul que me amara con locura, que me colmara de hijos y me diera un hogar.

    Siempre me habían atraído los chicos mayores. Por eso cuando Carlos mostró interés en conocerme sentí que se había cumplido mi deseo. Era un chico guapísimo, tenía 10 años más que yo y además tenía casa propia.

    Estuvimos más de 4 meses chateando. Compartimos horas y horas de conversaciones, intercambio de fotos etc. Incluso intimábamos por webcam. Carlos era atento, divertido, cariñoso y poco a poco me fue conquistando.

    Llegó el día en que nos vimos en persona. Yo estaba muy nerviosa. Hasta el punto que me tiré toda la mañana probándome modelitos e incluso fui a la peluquería. Quería impresionarle.

    Cuando nos vimos nos fundimos en un beso de película. En ese momento me percaté de que el amor había llamado a mi puerta y prometí que no me separaría nunca de él.

    Las semanas fueron pasando y cada vez estaba más unida a Carlos. Era un hombre super detallista, generoso, se desvivía por mí y me trataba como una auténtica reina.

    De pronto un día me pidió que me fuera a vivir con él. Quería que la relación se formalizara y que compartiéramos todo. Su idea era que con el tiempo formáramos una familia y por supuesto yo acepté encantada.

    A los pocos días le dije a mis padres que me marchaba. Ellos no lo tomaron demasiado bien porque desde el principio no les gustó Carlos ni un pelo. Pero a mí me dio lo mismo y me largué sin más.

    Lo que no sabía es que me estaba metiendo en la boca del lobo. Nada más entrar por esa puerta, empezaron a suceder cosas muy extrañas. A Carlos no le hacía ninguna gracia que fuera a trabajar y mucho menos que me relacionara con nadie.

    Hasta entonces había mostrado algo de celos de mi familia o colegas e incluso un poco de obsesión, pero la verdad es que no le di demasiada importancia. Además, si discutíamos por eso siempre utilizaba la frase perfecta para embaucarme: “Te amo más que a mi vida”. “Voy a hacerte la mujer más feliz del mundo”.

    A los dos meses de convivencia nos casamos. Y al poco tiempo me quedé embarazada.

    Una tarde salí a tomar café con mi mejor amiga. Por aquel entonces tenía ya una barriga de 4 meses. Al volver a casa me estaba esperando con cara de perro. “¡Me cagué de miedo!”.

    Recuerdo ese día como si fuera hoy mismo porque fue cuando me soltó la primera bofetada. Me dijo que seguro que había estado zorreando con Laura y que una mujer decente no le hacía eso a su marido.

    Por más que intenté que entrara en razón no hubo manera. Pero en el momento que rompí a llorar acudió a consolarme. Me suplicaba una y otra vez: “Mi amor, perdóname, te juro que se me ha ido la mano”. “No lo voy a volver a hacer”.

    En ese momento le creí. Pensé que de verdad había sido un error y que estaba arrepentido. Pero nada más lejos de la realidad.

    Ese solo era el principio de una larga pesadilla.

    Por: Patricia Bermejo

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  • juicio que se presume será rápido

    Sorpresas te da la vida (Capítulo 5)

    Por: Patricia Bermejo

    Cáceres, España

    Amanece un hermoso día de primavera. Un rayo de sol se cuela entre las cortinas de la habitación. De fondo suena el despertador a tope, pero opto por seguir un ratito más en la cama. Me encanta acurrucarme con Hugo unos minutos antes de levantarme.

    Hoy es un día diferente. Por fin voy a enfrentarme cara a cara con mis compañeros del cuartel en un juicio que se presume será rápido. Espero que se haga justicia y paguen uno a uno por todo el dolor que me han causado durante estos meses.

    Decido que ya es hora de dejar de vaguear y me dirijo a la cocina a preparar café. Desayunamos tranquilamente y comentamos la jugada. Yo no estoy nada nervioso, la verdad, porque juego con el viento a mi favor. Tengo claro que soy una víctima y que están cometiendo un delito penado por ley.

    De repente llaman a la puerta. “¿Quién será?” ¡Mamá! Una alegría inmensa se apodera de mi cuerpo. Ha venido para mostrarme todo su apoyo y se lo estaré eternamente agradecido.

    Ha llegado la hora de marcharnos. Salimos los tres en dirección al juzgado. Durante el trayecto Hugo y mi madre intercambian opiniones. En Navidades no hablaron demasiado así que tienen que ponerse al día.

    A lo lejos diviso a mi compañero Kiko. No sé si viene en calidad de acusado o de testigo. Tengo mis dudas…

    Una vez allí nos hacen esperar unos quince minutos. Noto un poco de angustia, pero se me pasa rápido.

    Por fin entramos. El juicio se desarrolla con normalidad, sin ninguna salida de tono. Una vez exponemos las partes, testifican los acusados. A continuación, llega el turno de los testigos. Finalmente, Kiko declara a favor mío. Las caras de flipados de los compañeros no dejan lugar a duda.  Otro gay más en la plantilla…

    El juez da por finalizada la sesión. Respiro profundamente y me abrazo con mi gente. Ya solo queda esperar la sentencia.

    Los días pasan y yo sigo con mi rutina. Parece que las aguas se han calmado un poco en el cuartel. Pero aún hay alguno de mis compis que sigue dando por saco.

    De pronto, una mañana cuando estaba saliendo por la puerta me aborda Alexis, mi abogado. Ya tiene la sentencia en firme y quiere comunicarme el resultado.

    Sin dudarlo ni un segundo entramos en casa. Hugo está a punto de irse también, pero decide quedarse para escucharla.

    “La sentencia de la Audiencia ratifica el fallo del Juzgado de lo Penal de Sevilla que considera probado que existieron actos vejatorios reiterados contra la víctima y contra su integridad moral, al estar sometido a un sufrimiento psíquico humillante”

    Finalmente, el jefe de policía es condenado a dos años de cárcel y a pagar una indemnización por daños y perjuicios de 60.000€. Aparte de esto, es suspendido de empleo y cargo público durante el tiempo que dura la condena. El resto de compañeros a abonarme 40.000€.

    Se trata de una condena ejemplarizante. Las causas de acoso laboral o mobbing son difíciles de probar, pero contábamos con pruebas muy potentes que los incriminaban directamente.

    Pego un bote de alegría y me lanzo a los brazos de Alexis. ¡Lo conseguimos!

    Aunque se me recomendó un cambio de cuartel, no lo acepté. Esto implicaba un traslado de ciudad y no me pareció justo.

    Hoy en día soy feliz y puedo acudir a mi puesto sin miedo y con la cabeza bien alta. Mis compañeros están acojonados y no han vuelto a decir ni pio.

    Espero que mi caso pueda ayudar a otras personas que sufren acoso laboral por tener otra orientación sexual.

    Por: Patricia Bermejo

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  • Hablamos largo y tendido. La necesitaba como el comer.

    Al calor del hogar familiar

    (Capítulo 4)

    Por: Patricia Bermejo

    Cáceres, España

    Es 21 de diciembre, las voces de los niños de San Ildefonso anuncian que ha comenzado la época navideña. Por suerte disfruto de quince días de vacaciones con mi pareja en un entorno envidiable.

    Hemos reservado una casita rural a las afueras de Málaga. Sin duda el lugar perfecto para desconectar de todo.

    Hace tiempo que odio esta época. Me produce tristeza, nostalgia…De hecho, desde que rompí la relación con mis padres no he vuelto a celebrarla. Los adornos, los villancicos y los belenes, me producen urticaria.

    Recuerdo perfectamente aquel maldito día en el que sin despeinarse me dijeron: “fuera de nuestra casa, no queremos un hijo así”. De esto hace ya más de 5 años.

    Tras ver la lotería y comprobar que un año más no nos ha tocado un duro, nos vamos a dar una vuelta por el centro de la capital. Mientras estamos tomando un café cerca de la calle Larios, el teléfono suena insistentemente. “¿Quién llama a estas horas?”

    No doy crédito a lo que ven mis ojos. Tengo que mirar varias veces a la pantalla para comprobar que no estoy desvariando. ¡Es mi madre! La verdad es que no sé si cogérselo. Ahora vivo muy tranquilo sin ellos y no me apetece nada remover todo el pasado.

    Tiemblo como un flan. Pero Hugo no tarda en acudir a mis brazos para para tranquilizarme. Con lo a gusto que estaba yo… Además, esta llamada me da mala espina.

    Finalmente opto por contestar. Después de todo lo que llevo luchado, no puedo tirar la toalla ahora.

    De repente mi madre grita: “Mario ¿eres tú?” “Hijo, responde por favor”

    Me da un vuelco el corazón. En el fondo la he echado muchísimo de menos. Me ha hecho mucha falta en los momentos donde peor lo he pasado. De mi boca sale un tímido: “Mamá, soy yo”

    Hablamos largo y tendido. La necesitaba como el comer. Me cuenta que mi padre está muy enfermo y que le ha pedido que me llamase para despedirse de mí.

    Al principio soy reacio a que me hable sobre él e incluso pienso que el karma le ha devuelto todo el daño que me hizo. Pero a pesar de todo, accedo a visitarlos.

    Al día siguiente y muy a mi pesar ponemos rumbo a Sevilla. El recibimiento no es nada cálido porque yo no estoy demasiado receptivo. Me siento bastante extraño, es como si estuviera reviviendo mi infancia.

    Pasamos las Navidades con ellos, haciendo de tripas corazón. Mi madre me gana con su amor y apoyo incondicional. Sé de sobra que a ella le comió el coco mi padre. Pero sin embargo él sigue en sus trece. Dice que ser gay es una enfermedad y que necesito que me vea un especialista. “Genio y figura hasta la sepultura”.

    A los pocos días mi padre dejo este mundo. Se fue con la tranquilidad de haber hecho las paces conmigo, aunque sin aceptar mi orientación sexual.

    Yo por mi parte tengo la conciencia muy tranquila y estoy feliz por haber recuperado a mi madre.

    Esto me da un impulso enorme para lo que me viene.

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  • No es que sea adivino, a los hechos me remito.

    Una amistad inesperada (Capítulo 3)

    Por: Patricia Bermejo

    Cáceres, España

    Las sirenas de los coches de policía suenan sin parar. Presiento que hoy tendremos un día movidito en el cuartel. No es que sea adivino, a los hechos me remito. Siempre que salen varios coches a la vez me sucede algo. Unas veces son cosas buenas, pero otras son horribles.

    Hoy entro por la puerta y no está Carlos, el secretario. Me parece bastante extraño, aunque debo reconocer que lo agradezco porque significa que escucharé un insulto menos. Pero sin embargo no me libro del resto. ¡Es horroroso!

    Accedo a mi despacho esquivando los gritos de mis compis un día más: “marica” “vete del cuartel” “eres una deshonra para el cuerpo de policía”. Pero prefiero no dar carnaza a las fieras y adopto la callada por respuesta. Eso les revienta.

    Por fin encuentro la tranquilidad que necesitaba. Este cubículo roñoso es mi refugio.  Aquí estoy a salvo de todas estas alimañas. Mientras estoy colocando el abrigo recibo un mensaje en el móvil. Es de mi compañero Kiko. “¿Qué narices querrá ahora este?”.

    Con más miedo que vergüenza me dispongo a abrirlo. Cuál es mi sorpresa que así, sin anestesia, me suelta una parrafada en la que se baja los pantalones. Me dice que se arrepiente enormemente de todo el daño que me ha causado y que por favor le escuche, porque tiene algo importante que contarme.

    Alucino por instantes… no puedo creer lo que estoy leyendo. Conforme avanzo, más petrificado me quedo. Resulta que el cabecilla del grupo que me pone verde desde hace ocho meses también es gay.

    Cuenta que tiene miedo a salir del armario. Lleva desde hace tiempo queriendo contarlo, pero le aterra que le ocurra como a mí. “Será cobarde” y me pide que por favor le ayude.

    Si yo actuara como se merece lo justo sería que lo mandara a la mierda. Pero como no soy de este tipo de personas, le echo una mano. Le aconsejo que de momento tenga la boca cerrada. Y quedamos en tomar una cerveza a la salida para charlar del tema.

    Las horas pasan con bastante lentitud en el cuartel. Ha sido una mañana rara. Sin embargo, yo sigo flipando con lo de Kiko. Qué razón tenía cuando dije que algo sucedería…

    Aviso a Hugo de que hoy no voy a comer a casa. Le explico que tengo algo importante que hacer pero que luego le informaré de todo. Aunque no le hace mucha gracia, se conforma.

    Nos dirigimos al bar cada uno por su lado para evitar sospechas. Una vez allí Kiko no sabe qué decir, cómo disculparse. Yo se lo pongo fácil. No es que sea un pagafantas. Soy de los que piensan que todo el mundo tiene derecho a una segunda oportunidad.

    La tarde transcurre entre consejos, anécdotas, risas y alguna que otra lágrima. Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien. Sin comerlo ni beberlo mi enemigo número uno había pasado de humillarme públicamente a rendirse a mis pies. Y esto no sucede todos los días.

    La vida da muchas vueltas y te sorprende cuando menos te lo esperas. Solo tienes que estar receptivo para abrir los brazos a lo que te llega.

    El tiempo dirá cómo evoluciona esta amistad.

    Por: Patricia Bermejo

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  • “Hugo tenemos que hablar”.

    Confesiones a corazón abierto

    (Capítulo 2)

    Por: Patricia Bermejo

    Cáceres, España

    Son más de las tres de la tarde cuando llego a casa. Hugo está esperándome en el salón para comer. Me planta un beso enorme y me susurra al oído: “te quiero”. Yo no soy capaz de contestarle. Estoy echo polvo y no puedo ocultarlo. Fijo que se ha dado cuenta. Soy demasiado transparente.

    Al rato como preveía me pregunta: “¿Mario estás bien?” Ando deambulando de acá para allá por los cincuenta metros de salón, pero no tengo escapatoria. Creo que ha llegado el momento de soltárselo todo. Voy a respirar hondo. Tengo que hacerlo con tacto para herirle lo menos posible. Es muy sensible y no quiero que sufra.

    Me dirijo a él con voz temblorosa y le digo “Hugo tenemos que hablar”.  Su rostro palidece por momentos, se teme lo peor… Le tranquilizo y le digo que no tiene nada que ver con nosotros. Que es algo que llevo callando durante muchos meses y que me está matando en vida.

    Hugo está aterrado, ni se imagina lo que va a suceder. Tirita como un niño pequeño cuando tiene frío. Le achucho para darle todo mi apoyo y que sienta mi cariño. Y le pido que se siente.

    Cojo su mano mientras nos miramos fijamente a los ojos. Parece que el tiempo se detiene en ese momento y solo existimos él y yo. Comienzo mi relato. Le cuento que llevo más de ocho meses sufriendo un acoso laboral que no se le deseo ni a mi mayor enemigo.

    Que la ilusión de mi vida que era ser policía se ha convertido en una auténtica pesadilla, que soy el hazmerreír del cuartel por el simple hecho de ser gay y que para colmo me han puesto una denuncia por consumo de estupefacientes. Hugo se queda a cuadros.

    De repente una lágrima se asoma tímidamente por su mejilla. Pero no tarda en replicarme: “¿cari, por qué no me lo has contado antes?” La verdad es que no tengo una contestación coherente para darle. Quizás sobreprotección o tal vez falta de confianza. Estoy muy confundido y prefiero no meter la pata. Así que opto por encogerme de hombros.

    La tarde transcurre entre sobresaltos y reproches. Los minutos parecen horas y las horas, segundos. Sé que lo he hecho mal, que no tengo perdón de Dios. Pero Hugo en lugar de echarme más mierda me muestra todo su apoyo. Es un bendito.

    Después de un momento un tanto acalorado, llega la calma. Prometo no volver a fallarle. Pactamos ir juntos hasta el final. Queremos que la verdad salga a la luz y sobre todo que estos tipos paguen por lo que están haciendo.

    Al caer la tarde nos damos cuenta de que el pescado se ha quedado medio tieso en la cocina. ¡Se nos pasó la hora de comer!

    Nos reímos a carcajada limpia. El almuerzo es lo de menos porque lo importante es que me he quitado un peso de encima. Aunque aún queda tiempo para el juicio, el contar con el apoyo de mi pareja me refuerza.

    Mientras continuaré con mi lucha diaria en el cuartel.

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  • A veces me dan ganas de despertarlo

    El secreto de Mario (capítulo I)

    Por: Patricia Bermejo

    Cáceres, España

    Ring, ring, ring …

    Suena el maldito despertador como cada mañana. Otro día más de insomnio. Me doy cuenta que estoy empapado en sudor, algo habitual en mí desde hace unos meses. “Lo odio”. Me revuelvo en la cama intentando buscar entre sus sábanas el consuelo que necesito para afrontar otra dura jornada laboral. Pero nada. ¡No quiero ir! Solo de pensarlo me tiemblan las piernas. Mientras tanto, Hugo duerme plácidamente a mi lado ajeno a la mierda de situación que me ha tocado vivir.

    Sus ronquidos me retumban en la cabeza. No puedo soportarlos. A veces me dan ganas de despertarlo para que pare, pero opto por largarme de la habitación sigilosamente.

    De todos modos, lo único que voy a conseguir es que me diga: “¿Qué pasa cari?” Y aún no estoy preparado para contarle el calvario que estoy sufriendo. Prefiero comerme el marrón yo solo.

    Así que decido meterme en la ducha a toda prisa y con tan solo un café en el estómago inicio mi tortuoso recorrido hacia el cuartel de policía. Camino como un auténtico zombi. Y durante el trayecto soy objeto de burlas y risas por mi aspecto físico, pero me importante un comino.

    Por fin llego. Se me empieza a nublar la vista y el corazón me palpita a mil por hora, tanto que creo que se me va a salir por la boca. Estoy cagado de miedo. Pero tengo que sacar fuerzas de donde no las tengo para enfrentarme a ellos. Me repito una y otra vez: “Mario, sí puedes”.

    Nada más entrar por la puerta empieza la tortura. El policía que está en secretaría me recibe con cara de asco al tiempo que grita: “maricón de mierda ponte a trabajar”. El silencio se apodera de mí. No soy capaz de articular palabra. Así que prefiero pirarme sin entrar al trapo.

    Agacho la cabeza y me dirijo a mi despacho. Esos cinco metros se me hacen eternos porque recibo todo tipo de improperios. “No aguanto más”. Es un linchamiento público ¿No hay nadie que se dé cuenta?

    La mañana se me hace interminable. Los reproches por parte de mis compañeros son continuos. Y las mofas se acentúan conforme pasan las horas. Si voy al baño, me gano una reprimenda, si hablo por teléfono me amenazan con contárselo a mi superior… No se me permite ni respirar.

    Por eso intento pasar el mayor tiempo posible encerrado en mi oficina y cuando no, soy el primero que acudo a la llamada de cualquier ciudadano que lo solicite. Con tal de perderlos de vista soy capaz de lo que sea.

    De repente llaman a mi puerta. Pego un bote del asiento y me dirijo raudo y veloz a abrir, no vaya a ser que me gane otra bronca. Es el jefe de policía, Alberto, me entrega una carta. Cuando se va me da un cogotazo en la nuca. ¡Pedazo de idiota!

    Estoy nervioso, no sé si abrirla. Es de la Dirección General de la Policía. ¿Qué hago? Tengo mis dudas. Este capullo es capaz de hacer lo que sea por jorobarme.

    Tras diez minutos de reflexión me decido a ver lo que contiene. ¿Pero qué ven mis ojos? No doy crédito a lo que leo. Es una citación judicial en la que se me acusa de llegar drogado al trabajo y no responder a mis obligaciones. ¿Drogas yo? Si soy la persona más sana del mundo.

    Está claro que me han preparado una encerrona. No soportan que un gay trabaje como policía y quieren echarme. Pues no lo van a conseguir, de eso me voy a encargar yo personalmente, aunque me cueste angustia y lágrimas.

    Son las tres de la tarde. Acaba mi tortura por hoy. Marcho a casa a toda pastilla para ver a mi chico. Creo que hoy le contaré todo. No es bueno que me lo esté tragando solo.

    Es una pena que en pleno siglo veintiuno aún pasen estas cosas. Pero yo desde luego voy a luchar hasta el final. Por mí y por todas esas personas que sufren en silencio esta discriminación laboral en el trabajo.

    Mañana será otro día… si quieres te lo cuento.

    Por: Patricia Bermejo

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